sábado, 23 de noviembre de 2013
lunes, 18 de noviembre de 2013
Midori, parte II
—Durante estos dos meses me he sentido muy solo —tercié.
—Sí, ya me lo decías en tu carta —añadió Midori con voz átona—. En fin, será mejor que
comamos. En este momento es lo único en que puedo pensar.
Terminamos toda la comida que nos sirvieron dentro de las cajas lacadas con forma
semicircular, tomamos la sopa y bebimos una taza de té verde. Midori encendió un cigarrillo.
Después, sin mediar palabra, se puso en pie y agarró el paraguas. Yo hice lo propio.
—¿Adonde vamos? —le pregunté.
—Hemos almorzado en el restaurante de unos grandes almacenes. El siguiente paso es ir a la
azotea —dijo Midori.
En la azotea, bañada por la lluvia, no había nadie. No se veía a ningún dependiente en la
sección de artículos para animales de compañía, y tanto los quioscos como las taquillas de las
atracciones para niños tenían el cierre echado. Con el paraguas abierto, paseamos entre los
caballos de madera, mojados, las tumbonas y las casetas. Me sorprendió comprobar que en pleno
centro de Tokio existiera un lugar tan desierto y desolado como aquél. Midori quería mirar por el
telescopio, así que metí una moneda en la ranura y sostuve su paraguas mientras ella miraba.
especie de plataforma y nos quedamos contemplando la lluvia.
—Háblame —me rogó Midori—. Querías decirme algo, ¿verdad?
—No pretendo justificarme, pero aquel día estaba exhausto, aturdido —dije—. No percibía
bien las cosas. Sin embargo, al dejar de verte, lo he comprendido. Hasta ahora, he tirado hacia
delante porque tú estabas a mi lado. Sin ti me siento desesperado, solo.
—No lo sabes... No sabes lo desesperada y sola que me he sentido sin ti durante estos dos
meses.
—No, no lo sabía. —Me sorprendió—. Creía que estabas enfadada y que no querías volver a
verme.
—¿Serás estúpido...? ¿Cómo podía no querer volver a verte? Te dije que me gustabas, ¿no es
cierto? Cuando me gusta alguien, no deja de gustarme así como así. ¿Ni siquiera sabes eso?
—Lo sabía, pero...
—Si me enfadé fue por lo siguiente. Y mira que estaba tan furiosa que te hubiera dado cien
patadas. Hacía tanto que no nos veíamos, y tú, con la cabeza en las nubes, pensabas en la otra
chica, sin mirarme ni un instante. Tenía todo el derecho de enfadarme. Aparte de esto, me dio la
impresión de que me iría bien estar un tiempo separada de ti. Para aclarar las cosas.
—¿Qué cosas?
—Nuestra relación. En fin, yo cada vez lo paso mejor contigo. Mejor que cuando estoy con
mi novio. Y eso, la verdad, no es muy normal, no es un buen síntoma, ¿no crees? Él me gusta,
por supuesto. Es un poco egoísta, estrecho de miras, algo facha, pero tiene muchas cosas buenas,
y es el primer chico que me ha gustado. Pero tú..., tú eres alguien muy especial. Cuando estoy
contigo, siento que nos entendemos. Confío en ti, me gustas, no quiero dejarte escapar. Ese día
me marché furiosa, así que le pregunté a él con toda franqueza qué creía que debía hacer. Y me
dijo que no te viera más. Y que si volvía a verte, rompiera con él.
—Sí, ya me lo decías en tu carta —añadió Midori con voz átona—. En fin, será mejor que
comamos. En este momento es lo único en que puedo pensar.
Terminamos toda la comida que nos sirvieron dentro de las cajas lacadas con forma
semicircular, tomamos la sopa y bebimos una taza de té verde. Midori encendió un cigarrillo.
Después, sin mediar palabra, se puso en pie y agarró el paraguas. Yo hice lo propio.
—¿Adonde vamos? —le pregunté.
—Hemos almorzado en el restaurante de unos grandes almacenes. El siguiente paso es ir a la
azotea —dijo Midori.
En la azotea, bañada por la lluvia, no había nadie. No se veía a ningún dependiente en la
sección de artículos para animales de compañía, y tanto los quioscos como las taquillas de las
atracciones para niños tenían el cierre echado. Con el paraguas abierto, paseamos entre los
caballos de madera, mojados, las tumbonas y las casetas. Me sorprendió comprobar que en pleno
centro de Tokio existiera un lugar tan desierto y desolado como aquél. Midori quería mirar por el
telescopio, así que metí una moneda en la ranura y sostuve su paraguas mientras ella miraba.
En un rincón de la azotea había un área de juegos cubierta, donde se alineaban un montón de
artilugios mecánicos para los niños. Midori y yo nos sentamos, uno al lado del otro, en una especie de plataforma y nos quedamos contemplando la lluvia.
—Háblame —me rogó Midori—. Querías decirme algo, ¿verdad?
—No pretendo justificarme, pero aquel día estaba exhausto, aturdido —dije—. No percibía
bien las cosas. Sin embargo, al dejar de verte, lo he comprendido. Hasta ahora, he tirado hacia
delante porque tú estabas a mi lado. Sin ti me siento desesperado, solo.
—No lo sabes... No sabes lo desesperada y sola que me he sentido sin ti durante estos dos
meses.
—No, no lo sabía. —Me sorprendió—. Creía que estabas enfadada y que no querías volver a
verme.
—¿Serás estúpido...? ¿Cómo podía no querer volver a verte? Te dije que me gustabas, ¿no es
cierto? Cuando me gusta alguien, no deja de gustarme así como así. ¿Ni siquiera sabes eso?
—Lo sabía, pero...
—Si me enfadé fue por lo siguiente. Y mira que estaba tan furiosa que te hubiera dado cien
patadas. Hacía tanto que no nos veíamos, y tú, con la cabeza en las nubes, pensabas en la otra
chica, sin mirarme ni un instante. Tenía todo el derecho de enfadarme. Aparte de esto, me dio la
impresión de que me iría bien estar un tiempo separada de ti. Para aclarar las cosas.
—¿Qué cosas?
—Nuestra relación. En fin, yo cada vez lo paso mejor contigo. Mejor que cuando estoy con
mi novio. Y eso, la verdad, no es muy normal, no es un buen síntoma, ¿no crees? Él me gusta,
por supuesto. Es un poco egoísta, estrecho de miras, algo facha, pero tiene muchas cosas buenas,
y es el primer chico que me ha gustado. Pero tú..., tú eres alguien muy especial. Cuando estoy
contigo, siento que nos entendemos. Confío en ti, me gustas, no quiero dejarte escapar. Ese día
me marché furiosa, así que le pregunté a él con toda franqueza qué creía que debía hacer. Y me
dijo que no te viera más. Y que si volvía a verte, rompiera con él.
—¿Y qué hiciste?
domingo, 17 de noviembre de 2013
sábado, 9 de noviembre de 2013
Midori, parte I
«Te estoy escribiendo esta carta aprovechando que has ido a comprar unas Coca-Colas. Es la
primera vez en mi vida que le escribo una carta a alguien que está sentado en un banco a mi lado.
Pero es la única manera que he encontrado para comunicarme contigo. Porque apenas escuchas lo
que digo, ¿no es cierto?
»Hoy me has hecho algo terrible. No te has dado cuenta siquiera de que me he cambiado el
peinado, ¿verdad? Después del tiempo que he tardado en dejarme crecer el pelo, a finales de la
semana pasada por fin logré hacerme un peinado más o menos femenino. Pero tú no te has dado
cuenta. Y yo que pensaba que estaba bastante mona y que, después de estar tanto tiempo sin
vernos, te sorprenderías..., pero no te has fijado. Esto es el colmo, ¿no crees? Quizá no recuerdes
qué ropa llevaba puesta. Yo soy una chica. Por más cosas que tengas en la cabeza, ¡podrías
prestarme un poco más de atención! Hubiera bastado con una frase del estilo: "Te sienta bien este
peinado". Te hubiera perdonado que fueras a la tuya, que pensaras en qué sé yo.
»Por esto, te he dicho una mentira. No es cierto que haya quedado con mi hermana en Ginza.
Hoy pensaba pasar la noche en tu casa. Dentro del bolso llevo el pijama y el cepillo de dientes.
¡Ja, ja, ja! Parezco idiota. Si no me has invitado... En fin, te importo un rábano y, por lo visto,
quieres estar solo, así que te dejaré en paz. Quémate las cejas pensando en lo que te dé la gana.
»No creas que estoy enfadada contigo. Sólo estoy triste. Porque tú has sido muy amable
conmigo y, a cambio, no he sabido ayudarte. Tú siempre estás encerrado en tu propio mundo y,
cuando llamo a la puerta, "toc, toc", te limitas a levantar la cabeza antes de volver a encerrarte.
»Ahora te acercas con las Coca-Colas. Parece que tengas la cabeza en las nubes. He deseado
que tropezaras, pero no te has caído. Ahora acabas de sentarte a mi lado, te estás bebiendo la
Coca-Cola a sorbos. Deseaba que al volver hubieras caído en la cuenta y al fin me dijeras:
"¡Anda, pero si te has cambiado de peinado!". Pero no ha habido suerte. Si te hubieras fijado,
hubiera roto esta carta y hubiera dicho: "Vámonos a tu casa. Te haré una buena cena. Y luego nos
iremos a la cama los dos muy juntitos". Pero eres tan insensible como una plancha de hierro.
» Adiós.
»P.D. A partir de ahora, aunque me veas en clase, haz el favor de no dirigirme la palabra.»
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