lunes, 18 de noviembre de 2013

Midori, parte II

—Durante estos dos meses me he sentido muy solo —tercié. 
—Sí, ya me lo decías en tu carta —añadió Midori con voz átona—. En fin, será mejor que 
comamos. En este momento es lo único en que puedo pensar. 
 Terminamos toda la comida que nos sirvieron dentro de las cajas lacadas con forma 
semicircular, tomamos la sopa y bebimos una taza de té verde. Midori encendió un cigarrillo. 
Después, sin mediar palabra, se puso en pie y agarró el paraguas. Yo hice lo propio. 
—¿Adonde vamos? —le pregunté. 
—Hemos almorzado en el restaurante de unos grandes almacenes. El siguiente paso es ir a la 
azotea —dijo Midori. 
En la azotea, bañada por la lluvia, no había nadie. No se veía a ningún dependiente en la 
sección de artículos para animales de compañía, y tanto los quioscos como las taquillas de las
atracciones para niños tenían el cierre echado. Con el paraguas abierto, paseamos entre los 
caballos de madera, mojados, las tumbonas y las casetas. Me sorprendió comprobar que en pleno 
centro de Tokio existiera un lugar tan desierto y desolado como aquél. Midori quería mirar por el 
telescopio, así que metí una moneda en la ranura y sostuve su paraguas mientras ella miraba. 
En un rincón de la azotea había un área de juegos cubierta, donde se alineaban un montón de 
artilugios mecánicos para los niños. Midori y yo nos sentamos, uno al lado del otro, en una 
especie de plataforma y nos quedamos contemplando la lluvia. 
—Háblame —me rogó Midori—. Querías decirme algo, ¿verdad? 
—No pretendo justificarme, pero aquel día estaba exhausto, aturdido —dije—. No percibía 
bien las cosas. Sin embargo, al dejar de verte, lo he comprendido. Hasta ahora, he tirado hacia 
delante porque tú estabas a mi lado. Sin ti me siento desesperado, solo. 
—No lo sabes... No sabes lo desesperada y sola que me he sentido sin ti durante estos dos 
meses. 
—No, no lo sabía. —Me sorprendió—. Creía que estabas enfadada y que no querías volver a 
verme. 
—¿Serás estúpido...? ¿Cómo podía no querer volver a verte? Te dije que me gustabas, ¿no es 
cierto? Cuando me gusta alguien, no deja de gustarme así como así. ¿Ni siquiera sabes eso? 
—Lo sabía, pero... 
—Si me enfadé fue por lo siguiente. Y mira que estaba tan furiosa que te hubiera dado cien 
patadas. Hacía tanto que no nos veíamos, y tú, con la cabeza en las nubes, pensabas en la otra 
chica, sin mirarme ni un instante. Tenía todo el derecho de enfadarme. Aparte de esto, me dio la 
impresión de que me iría bien estar un tiempo separada de ti. Para aclarar las cosas. 
—¿Qué cosas? 
—Nuestra relación. En fin, yo cada vez lo paso mejor contigo. Mejor que cuando estoy con 
mi novio. Y eso, la verdad, no es muy normal, no es un buen síntoma, ¿no crees? Él me gusta, 
por supuesto. Es un poco egoísta, estrecho de miras, algo facha, pero tiene muchas cosas buenas, 
y es el primer chico que me ha gustado. Pero tú..., tú eres alguien muy especial. Cuando estoy 
contigo, siento que nos entendemos. Confío en ti, me gustas, no quiero dejarte escapar. Ese día 
me marché furiosa, así que le pregunté a él con toda franqueza qué creía que debía hacer. Y me 
dijo que no te viera más. Y que si volvía a verte, rompiera con él. 
—¿Y qué hiciste? 

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